
Cuando Dios ha hecho todo y todavía debemos decidir qué fruto producir
Texto base: Isaías 4–5
Hay ocasiones en las que la lectura de la Palabra de Dios parece llevarnos de un versículo a otro sin que nosotros sepamos de antemano hacia dónde nos conducirá. Comenzamos leyendo un pasaje y, de repente, una expresión despierta otra verdad, una verdad nos lleva a otra Escritura y esa Escritura nos hace mirar nuestra propia vida.
Eso ocurre de una manera muy especial en Isaías 4 y 5.
Isaías habla de pecado, vergüenza, limpieza, presencia de Dios, protección, juicio, rebeldía, injusticia y restauración. Pero en medio de todo aparece una imagen que puede detenernos por completo:
Una viña.
Una viña que fue preparada cuidadosamente por su dueño. Una viña a la que no le faltó atención, trabajo ni protección. Una viña de la que el dueño esperaba buenos frutos.
Pero cuando llegó el momento de recogerlos, encontró algo completamente diferente.
Y entonces Dios hace una pregunta que no solamente debemos leer; debemos permitir que nos examine:
“¿Qué más se podía hacer a mi viña, que yo no haya hecho en ella?”
— Isaías 5:4
La pregunta fue dirigida originalmente al pueblo de Dios, particularmente a Israel y Judá. Pero la verdad espiritual que contiene también puede convertirse en una pregunta profundamente personal:
¿Qué ha hecho Dios por mí, y qué fruto estoy produciendo con todo lo que Él ha puesto en mi vida?
1. “Déjanos llevar tu nombre”
Antes de llegar a la viña de Isaías 5, encontramos en Isaías 4 una expresión que puede pasar rápidamente ante nuestros ojos:
“Déjanos llevar tu nombre…”
Isaías 4:1 presenta una situación de profunda humillación. Siete mujeres se acercan a un solo hombre y le dicen que ellas mismas se ocuparán de su alimentación y de su vestido. No están buscando que él las mantenga. Lo único que desean es llevar su nombre y que sea quitada su afrenta.
Hay algo poderoso en esa expresión.
El nombre representa identidad.
Llevar el nombre de alguien significa pertenecer, identificarse con él, ser reconocido bajo ese nombre.
Y cuando trasladamos esa imagen al terreno espiritual, encontramos una necesidad que sigue existiendo hoy:
el ser humano necesita una identidad que no puede fabricar por sí mismo.
Podemos construir una reputación. Podemos acumular dinero. Podemos alcanzar posiciones. Podemos adquirir conocimientos. Podemos tratar de demostrarle al mundo quiénes somos.
Pero ninguna de esas cosas puede quitar la afrenta del pecado.
Podemos cambiar nuestra apariencia sin cambiar nuestro corazón.
Podemos cambiar nuestro ambiente sin cambiar nuestra naturaleza.
Podemos incluso aprender a hablar como creyentes sin haber permitido todavía que Dios transforme nuestra vida.
Pero necesitamos algo más profundo.
Necesitamos llevar un nombre que no nos pertenezca por mérito propio.
2. Llevar el nombre de aquel que puede quitar nuestra afrenta
Cuando pienso en aquella expresión de Isaías:
“Déjanos llevar tu nombre”
me lleva inevitablemente a pensar en Jesús.
Porque nosotros también necesitamos que nuestra afrenta sea quitada.
No solamente la vergüenza delante de los hombres, sino la condición del pecado delante de Dios.
La Escritura declara:
“Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.”
— Hechos 4:12
El nombre de Jesús no es simplemente una palabra que pronunciamos.
Representa a aquel que murió, resucitó, perdona, transforma y salva.
Por eso Pedro pudo decir:
“Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados…”
— Hechos 2:38
El bautismo, por tanto, no debe entenderse simplemente como un acto exterior realizado con agua.
El agua no es la fuente de nuestra salvación.
La salvación procede de Jesús.
El bautismo es nuestra obediencia a la Palabra y el momento en que somos bautizados en su nombre, identificándonos con Él.
Llevar el nombre de Jesús significa mucho más que decir:
“Yo soy cristiano.”
Significa que hemos reconocido nuestra necesidad de Él.
Significa que hemos dejado de intentar justificar nuestra propia condición y hemos venido delante de Dios diciendo:
“Señor, soy pecador. Necesito que me perdones. Necesito que me limpies. Necesito que cambies mi corazón.”
Y aquí encontramos una conexión hermosa con lo que veremos después en Isaías:
Dios no solamente quiere poner su nombre sobre nosotros; quiere limpiarnos para que podamos vivir bajo ese nombre.
3. El Dios que limpia también protege
Isaías 4 continúa mostrando una imagen preciosa.
Habla de aquellos que serán llamados santos, de la limpieza de la inmundicia y de la presencia de Dios manifestada sobre Sion.
Después aparece la imagen de una nube durante el día y un resplandor de fuego durante la noche.
Esto nos recuerda aquella manifestación de Dios sobre Israel en el desierto: la nube durante el día y el fuego durante la noche.
La presencia de Dios no solamente representa dirección.
También representa protección.
Isaías presenta un refugio contra el calor, contra la tormenta y contra la lluvia.
Hay algo maravilloso aquí:
Dios no solamente quiere sacarnos de nuestra condición; quiere permanecer con aquellos que se entregan a Él.
La presencia de Dios se convierte en refugio.
Y esto prepara el terreno para algo que veremos en el capítulo siguiente.
Porque si Dios está dispuesto a limpiar, cuidar, proteger y preparar, entonces surge una pregunta inevitable:
¿Qué hará la viña con todo lo que recibió?
4. Una viña preparada por Dios
Isaías 5 comienza con una canción sobre una viña.
El dueño plantó su viña en una ladera fértil.
La limpió.
Quitó las piedras.
Plantó las mejores vides.
Edificó una torre.
Preparó un lagar.
Y entonces llegó la expectativa:
“Esperaba que diese uvas buenas…”
Todo estaba preparado.
No había negligencia por parte del dueño.
No había falta de trabajo.
No había falta de cuidado.
No había falta de preparación.
El problema apareció cuando llegó el momento de buscar el fruto.
La viña produjo uvas silvestres, agrias, desagradables.
Y entonces Dios hace una pregunta extraordinaria:
“¿Qué más se podía hacer a mi viña, que yo no haya hecho en ella?”
Detengámonos aquí.
Porque esta pregunta cambia la dirección de todo el pasaje.
Dios no está preguntando:
“¿Qué me faltó hacer?”
La pregunta es:
“¿Qué más podía hacer que no hubiera hecho ya?”
La preparación había sido completa.
5. Cuando Dios ha hecho todo y el problema está en el fruto
Hay una tendencia humana muy antigua: cuando algo sale mal, inmediatamente buscamos a quién culpar.
Y muchas veces hacemos lo mismo con Dios.
Preguntamos:
“¿Por qué Dios permitió esto?”
“¿Por qué Dios no hizo aquello?”
“Si Dios existe, ¿por qué ocurre tanta maldad?”
Pero Isaías 5 nos obliga a mirar desde otro ángulo.
El dueño de la viña había hecho todo lo necesario.
Había preparado la tierra.
Había plantado.
Había protegido.
Había cuidado.
Había esperado.
Entonces la pregunta cambia:
¿El problema estaba en el dueño o en el fruto?
Y aquí encontramos una verdad que atraviesa toda nuestra vida espiritual:
Dios puede darnos oportunidades, advertencias, Palabra, misericordia, tiempo y dirección; pero nosotros seguimos teniendo responsabilidad sobre la respuesta que damos.
Dios plantó una buena viña.
Pero la viña produjo mal fruto.
6. ¿Uvas dulces o uvas agrias?
Esta pregunta puede convertirse en un espejo para cada uno de nosotros.
No simplemente:
“¿Soy una buena persona?”
La pregunta es más profunda:
¿Qué fruto encuentra Dios cuando examina mi vida?
Porque podemos aprender a aparentar.
Podemos aprender palabras religiosas.
Podemos llevar una Biblia.
Podemos asistir a una congregación.
Podemos conocer muchos versículos.
Podemos incluso hablar acerca de Dios.
Pero Dios no solamente escucha nuestras palabras.
Dios mira el fruto.
¿Qué producimos cuando estamos bajo presión?
¿Qué producimos cuando alguien nos ofende?
¿Qué hacemos cuando tenemos poder sobre otra persona?
¿Qué hacemos cuando tenemos dinero?
¿Qué hacemos cuando nadie nos está mirando?
¿Cómo tratamos al pobre?
¿Cómo tratamos al débil?
¿Cómo tratamos a quien no puede hacer nada por nosotros?
¿Cómo reaccionamos cuando alguien nos contradice?
¿Cómo manejamos la tentación?
¿Cómo usamos aquello que Dios nos permitió tener?
Ahí aparece el fruto.
Una uva dulce no es dulce porque lo diga.
Es dulce porque al probarla se descubre lo que es.
De la misma manera, nuestra vida termina revelando lo que realmente está ocurriendo en nuestro corazón.
7. Cuando el ser humano recibe poder
En el devocional apareció una aplicación que merece detenernos.
¿Qué ocurre cuando una persona recibe un poco de poder?
Puede ser poder económico.
Puede ser autoridad.
Puede ser una posición en el trabajo.
Puede ser influencia.
Puede ser incluso una posición dentro de una familia.
Algunas personas utilizan ese poder para ayudar.
Pero otras hacen exactamente lo contrario:
pisotean al que está debajo para demostrar que están arriba.
Y entonces aparece una contradicción terrible.
El ser humano puede utilizar su pequeño poder para humillar a otro y después levantar los ojos al cielo para preguntarle a Dios:
“¿Por qué permites estas cosas?”
Pero Isaías nos obliga a preguntarnos:
¿Qué hacemos nosotros con el poder que tenemos?
El problema no siempre está en tener autoridad.
El problema está en qué hace nuestro corazón cuando la autoridad llega a nuestras manos.
El ser humano quiso desde el principio determinar por sí mismo el bien y el mal.
Y esa tentación continúa presente:
“Yo decido.”
“Yo sé.”
“Yo hago lo que quiero.”
“Nadie me va a decir cómo vivir.”
Pero la criatura nunca deja de ser criatura.
Podemos tener dinero, conocimiento, influencia y autoridad, pero ninguno de nosotros tiene siquiera garantizado que verá el día de mañana.
Eso debería producir humildad.
8. Cuando se quita el cerco
Después de preguntar qué más podía hacer por su viña, Dios anuncia juicio.
Quitaría su cerco.
Derribaría su muro.
La viña quedaría expuesta.
Sería pisoteada.
Quedaría desolada.
Crecerían espinos y cardos.
La imagen es fuerte porque aquello que había sido protegido queda ahora expuesto a las consecuencias de su condición.
Y esto nos enseña algo importante:
la misericordia de Dios no debe confundirse con aprobación.
Que Dios tenga paciencia no significa que Dios apruebe nuestro pecado.
Que Dios no nos juzgue inmediatamente no significa que nunca habrá juicio.
La paciencia de Dios es precisamente una oportunidad para arrepentirnos.
Por eso, cuando una persona pregunta:
“¿Por qué Dios no hace algo?”
también debería preguntarse:
“¿Qué estoy haciendo yo con las oportunidades que Dios me ha dado?”
9. La maldad que el hombre mismo produce
Vivimos en un mundo donde existen abusos, violencia, guerras, corrupción, explotación, hambre, injusticias y odio.
Y es fácil decir:
“¿Por qué Dios permite esto?”
Pero hay una realidad que no debemos olvidar:
muchas de esas cosas son decisiones humanas.
Dios no escogió que un abusador abusara de un niño.
Dios no escogió que una persona utilizara su fuerza para maltratar a una mujer.
Dios no creó la avaricia que hace que alguien acumule mientras otro no tiene qué comer.
Dios no creó las guerras por dominio y poder.
Dios no creó el odio que un ser humano decide alimentar contra otro.
El hecho de que Dios permita temporalmente que el ser humano ejerza su voluntad no significa que Dios apruebe aquello que el hombre hace con ella.
La humanidad recibió capacidad para escoger.
Y demasiadas veces escogemos mal.
10. Los “ayes” de Isaías: un espejo delante de nosotros
Entonces Isaías comienza a pronunciar una serie de “ayes”.
Y aquí debemos tener cuidado.
Podemos leer esos “ayes” y pensar:
“Eso es para ellos.”
Pero la Palabra puede hacer algo mucho más profundo.
Puede poner un espejo delante de nosotros.
Ay de los que acaparan casa tras casa
Isaías denuncia la avaricia de quienes acumulan propiedades y dejan sin espacio a los demás.
Hoy podemos reconocer el mismo principio:
tener más y más sin importar quién queda atrás.
La riqueza no es pecado.
El problema aparece cuando la riqueza se convierte en nuestro dios.
Cuando el bienestar de otros deja de importarnos.
Cuando nuestra prosperidad se construye deliberadamente sobre el sufrimiento de otros.
Ay de los que viven para el placer
Isaías habla de aquellos que madrugan buscando bebidas y permanecen hasta tarde embriagándose, rodeados de música y diversión, mientras no consideran las obras del Señor.
No está condenando la existencia de música o de alegría.
Está mostrando algo mucho más profundo:
cuando el placer ocupa el lugar que pertenece a Dios.
Una persona puede pasar toda su vida buscando entretenimiento y nunca detenerse a preguntarse:
“¿Qué está haciendo Dios con mi vida?”
Ay de los que llaman bueno a lo malo
Aquí Isaías toca uno de los problemas más profundos de cualquier sociedad:
“¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo!”
Cuando una sociedad pierde la capacidad de distinguir entre bien y mal, no solamente cambian sus leyes.
Se transforma su conciencia.
Lo amargo empieza a llamarse dulce.
Las tinieblas empiezan a llamarse luz.
El pecado comienza a llamarse libertad.
La verdad comienza a llamarse intolerancia.
Y esto no pertenece solamente al pasado.
Lo vemos constantemente alrededor nuestro.
Pero el propósito de Isaías no es que nosotros hagamos una lista de todas las cosas malas que hacen los demás.
El propósito de la Palabra es mucho más incómodo:
¿Hay algo de esto en mí?
11. “Esto me está hablando a mí”
Esta quizá sea una de las actitudes más importantes al acercarnos a la Palabra.
No debemos leer Isaías 5 solamente pensando:
“Esto describe al mundo.”
Debemos poder decir:
“Señor, esto me está hablando a mí.”
Porque Dios conoce nuestro corazón.
No necesitamos convencerlo de que somos mejores de lo que realmente somos.
Él ya sabe.
Podemos engañar a nuestros vecinos.
Podemos engañar a nuestros compañeros de trabajo.
Podemos incluso engañarnos a nosotros mismos.
Pero no podemos engañar a Dios.
12. ¿Dónde me esconderé de tu Espíritu?
El Salmo 139 expresa esta verdad de una manera extraordinaria:
“¿A dónde me iré de tu Espíritu?
¿Y a dónde huiré de tu presencia?”
No existe escondite.
Podemos cerrar una puerta.
Entrar en un clóset.
Escondernos en una cueva.
Meterlos en un búnker.
Pero no podemos salir de la presencia de Dios.
Y lo más impresionante es que Dios no solamente conoce nuestras acciones.
Conoce nuestros pensamientos.
Antes de que una palabra llegue a nuestra boca, Dios ya conoce lo que vamos a decir.
Eso debería producir dos cosas en nosotros:
temor reverente y confianza.
Temor, porque no podemos esconder nuestro pecado.
Confianza, porque aquel que conoce completamente nuestra condición también puede limpiarnos completamente.
13. Las palabras no son simplemente palabras
Hay algo más que debemos aprender de esto.
Muchas personas dicen:
“Yo solamente lo dije.”
“No quise decirlo.”
“Fueron solamente palabras.”
Pero las palabras revelan mucho de lo que hay dentro de nosotros.
Jesús dijo:
“Porque de la abundancia del corazón habla la boca.”
— Mateo 12:34
Por eso debemos tener cuidado con lo que confesamos delante de Dios.
Cuando una persona viene delante de Él y dice:
“Señor, soy pecador.”
No está pronunciando palabras vacías.
Está reconociendo una realidad y poniéndose en una posición de arrepentimiento.
Cuando dice:
“Necesito que me perdones.”
Está reconociendo su necesidad de gracia.
Cuando dice:
“Jesús, cambia mi corazón.”
Está expresando el deseo de ser transformado.
La confesión del pecado puede convertirse en el comienzo de la restauración.
Por eso Juan escribió:
“Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.”
— 1 Juan 1:9
Nuestras palabras no son magia.
Pero lo que confesamos delante de Dios importa, porque revela la dirección de nuestro corazón.
14. Dios es misericordioso y paciente
Después de hablar tanto sobre juicio, hay algo que nunca debemos olvidar:
Dios es misericordioso.
Si Dios quisiera destruir inmediatamente a toda la humanidad por su pecado, no existiría la oportunidad que tenemos hoy.
Pero Dios espera.
Advierte.
Habla.
Confronta.
Llama.
Envía Su Palabra.
Y ofrece arrepentimiento.
Por eso alguien puede decir:
“Si Dios existe, que venga ahora.”
Pero deberíamos tener mucho cuidado con pedir la manifestación del Juez mientras todavía estamos rechazando al Salvador.
La mejor preparación para encontrarnos con Dios no es exigir que venga.
Es entregarle primero nuestro corazón.
15. No pidamos al Juez que venga mientras rechazamos al Salvador
Podemos imaginar a un ladrón que acaba de ser descubierto y, en lugar de arrepentirse, exige:
“¡Llévenme inmediatamente delante del juez!”
Pero ¿qué espera encontrar delante de un juez justo?
¿Que ignore el delito?
No.
El juez justo debe juzgar justamente.
Y Dios es justo.
Por eso la misericordia que tenemos hoy es algo extraordinario.
Hoy todavía podemos arrepentirnos.
Hoy todavía podemos cambiar.
Hoy todavía podemos abandonar nuestro camino.
Hoy todavía podemos decir:
“Señor Jesús, cambia mi corazón.”
Pero llegará el momento en que la oportunidad de arrepentimiento habrá terminado.
Por eso la Palabra no solamente nos anuncia juicio.
Nos está llamando a prepararnos para ese día.
16. La viña y el fruto del corazón
Ahora podemos regresar a la pregunta original:
“¿Qué más se podía hacer a mi viña, que yo no haya hecho en ella?”
Dios había preparado la viña.
Había cuidado de ella.
Había esperado fruto.
Y el problema estaba en lo que produjo.
Eso nos lleva a una pregunta que nadie puede contestar por nosotros:
¿Qué clase de fruto estoy produciendo?
No importa cuánto tiempo llevemos diciendo que conocemos a Dios.
No importa cuánto sepamos.
No importa cuántas Biblias tengamos.
No importa cuánto hablemos de espiritualidad.
La pregunta permanece:
¿Qué fruto está produciendo mi vida?
17. Una Biblia debajo del brazo no transforma el corazón
Hay personas que llevan la Biblia consigo como si cargarla fuera suficiente.
Pero podemos llevar una Biblia debajo del brazo y continuar teniendo un corazón lleno de orgullo.
Podemos conocer versículos y continuar siendo injustos.
Podemos hablar de amor y continuar alimentando odio.
Podemos hablar de santidad y continuar viviendo deliberadamente en pecado.
Podemos decir “Señor” con nuestros labios y mantener el corazón lejos de Él.
La Biblia no fue dada para convertirse en un objeto religioso.
Fue dada para transformar nuestra vida.
Por eso la pregunta no es:
“¿Tengo una Biblia?”
La pregunta es:
“¿Qué está haciendo la Palabra de Dios en mí?”
18. Jesús puede transformar una viña que produce fruto amargo
Aquí aparece una verdad que no podemos olvidar.
Si solamente habláramos de Isaías 5, podríamos terminar desesperados.
Porque cuando miramos nuestro propio corazón honestamente, todos encontramos cosas que necesitan cambiar.
Pero el mensaje del evangelio no termina con:
“Eres una uva amarga.”
El evangelio dice:
Jesús puede transformar tu corazón.
Puede limpiar lo contaminado.
Puede quitar el odio.
Puede romper cadenas.
Puede cambiar hábitos.
Puede producir en nosotros un fruto que antes no podíamos producir.
Y eso no significa que toda transformación ocurre en un solo día.
Hay cosas que Dios puede quitar inmediatamente.
Hay otras que requieren un proceso.
A medida que abrimos nuestro corazón delante de Él, Él continúa trabajando.
La transformación cristiana no consiste en fingir que ya somos perfectos.
Consiste en permitir que Jesús siga trabajando en nosotros.
19. La oportunidad que tenemos ahora
Hay una diferencia fundamental entre nuestra condición humana y la situación de los ángeles que se rebelaron contra Dios.
Nosotros todavía estamos en este mundo.
Todavía podemos arrepentirnos.
Todavía podemos responder al llamado de Dios.
Todavía podemos cambiar de dirección.
Todavía podemos venir a Jesús.
Esta vida, con toda su fragilidad, también representa una oportunidad.
Por eso no debemos desperdiciarla.
Cada día que Dios nos concede puede convertirse en una nueva oportunidad para producir un fruto diferente.
20. La puerta estrecha
Y aquí llegamos a una imagen que utilizas con frecuencia: el embudo.
Es una ilustración sencilla, pero tiene mucha fuerza.
El mundo puede representarse como un embudo cuya entrada parece amplia.
Hay muchas opciones.
Muchas voces.
Muchos caminos.
Muchísimas maneras de vivir.
Todo parece fácil.
“Haz lo que quieras.”
“Sigue tu propio corazón.”
“No dejes que nadie te diga cómo vivir.”
Pero ese camino puede terminar estrechando progresivamente la vida.
Lo que parecía libertad puede convertirse en esclavitud.
Lo que parecía placer puede convertirse en dependencia.
Lo que parecía poder puede convertirse en destrucción.
Lo que parecía independencia puede terminar en soledad.
Pero el camino del Señor parece comenzar al revés.
La entrada es estrecha.
Hay arrepentimiento.
Hay obediencia.
Hay renuncia.
Hay transformación.
Hay cosas que debemos dejar.
Y sí:
a veces duele.
Pero después de atravesar aquella parte estrecha aparece la amplitud.
Jesús dijo:
“Entrad por la puerta estrecha…”
Y también enseñó que el camino que conduce a la vida es estrecho.
El mundo ofrece una entrada amplia.
Dios ofrece una puerta estrecha.
Pero no debemos juzgar el camino por el tamaño de su entrada.
Debemos juzgarlo por el lugar al que conduce.
21. La elección sigue siendo nuestra
Dios ha hablado.
La Palabra ha sido leída.
La advertencia ha sido dada.
El llamado ha sido presentado.
La pregunta permanece:
¿Qué vamos a hacer con ella?
Podemos continuar produciendo uvas agrias.
Podemos seguir justificándonos.
Podemos culpar a Dios.
Podemos señalar a los demás.
Podemos decir:
“Eso es para aquella persona.”
O podemos detenernos delante de la Palabra y decir:
“Señor, esto me está hablando a mí.”
Y entonces abrir el corazón.
Porque la verdadera transformación comienza cuando dejamos de defender nuestra condición y permitimos que Dios la examine.
22. “¿Qué más podría hacer por mi viña?”
Finalmente regresamos a aquella pregunta.
“¿Qué más se podía hacer a mi viña, que yo no haya hecho en ella?”
Qué pregunta tan seria.
Dios ha hablado.
Nos ha dado Su Palabra.
Nos ha mostrado el camino.
Nos ha advertido.
Nos ha llamado al arrepentimiento.
Nos ha mostrado nuestra necesidad.
Nos ha ofrecido perdón.
Nos ha dado el nombre de Jesús.
Nos permite acercarnos a Él.
Y todavía nos pregunta:
¿Qué fruto estás produciendo?
Tal vez hoy alguien está mirando su vida y descubre que hay frutos que no deberían estar allí.
Tal vez hay orgullo.
Tal vez avaricia.
Tal vez resentimiento.
Tal vez una adicción.
Tal vez falta de perdón.
Tal vez doble vida.
Tal vez simplemente una indiferencia hacia Dios que ha ido creciendo poco a poco.
No escondamos la fruta amarga.
Llevémosla delante del dueño de la viña.
Porque aquel que puede mostrarla también puede transformarla.
Una última palabra
La Palabra de Dios no fue dada para que simplemente terminemos un capítulo.
Fue dada para que el capítulo termine entrando en nosotros.
Isaías nos presenta una viña.
Nos muestra un dueño que hizo todo lo necesario.
Nos muestra una viña que produjo mal fruto.
Nos muestra los “ayes” que sobrevienen sobre aquellos que persisten en la rebelión.
Nos muestra que Dios conoce el corazón.
Nos muestra que el juicio es real.
Pero también nos recuerda, una y otra vez, que mientras exista oportunidad debemos volver nuestro corazón hacia Dios.
Por eso hoy la pregunta no tiene que ser solamente:
“¿Qué está mal en el mundo?”
Puede ser mucho más personal:
“¿Qué está produciendo mi corazón?”
Y todavía más:
“¿Qué está haciendo Jesús en mí?”
Porque quizás el mayor milagro no sea que Dios cambie las circunstancias que nos rodean.
Quizás el mayor milagro sea que tome un corazón que producía amargura y lo transforme hasta comenzar a producir fruto agradable para Él.
Oración
Señor Jesús:
Hoy venimos delante de Ti reconociendo que Tú conoces completamente nuestro corazón.
No podemos escondernos de Tu presencia.
Tú conoces nuestras palabras antes de que salgan de nuestra boca. Conoces nuestros pensamientos, nuestras luchas, nuestras debilidades y también aquellas cosas que intentamos esconder de los demás.
Señor, si hay fruto amargo en nuestra vida, muéstranoslo.
No permitas que pasemos por alto aquello que Tú quieres transformar.
Quita de nosotros la avaricia, el orgullo, el odio, la mentira, la injusticia y todo aquello que no produce un fruto agradable delante de Ti.
Limpia nuestro corazón.
Transforma nuestra mente.
Cambia nuestras acciones.
Enséñanos a caminar por la puerta estrecha aunque el camino sea difícil.
Que no nos conformemos simplemente con llevar una Biblia, hablar de Ti o llamarnos cristianos.
Haz que nuestra vida misma pueda decir:
“Señor, aquí estoy. Cámbiame.”
Gracias porque eres justo, pero también misericordioso.
Gracias porque mientras todavía tenemos vida podemos arrepentirnos, volvernos a Ti y recibir Tu perdón.
Que Tu Palabra produzca vida en todo aquel que la escucha.
Ten misericordia de nuestras familias, de nuestros hogares, de nuestros vecinos y de todos aquellos que puedan recibir este mensaje.
Alcanza las almas que están oprimidas.
Libera al que está atrapado.
Levanta al que está caído.
Lleva luz donde hay oscuridad.
Y permite que nuestra vida deje de producir fruto amargo y comience a producir el fruto que Tú esperas de nosotros.
Todo lo hacemos para Tu gloria y para Tu honra, porque Tú eres bueno, justo y fiel.
En el nombre de Jesús. Amén.
Autor: Sergio Granados
Ministerio / Blog: Precursores de Cristo.
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