Introducción
Una de las preguntas más antiguas de la humanidad es también una de las más peligrosas si se formula mal: ¿Qué es Dios?. No peligrosa por la pregunta en sí, sino por la pretensión que suele acompañarla: la idea de que el lenguaje humano, la razón finita o los sistemas teológicos pueden encapsular al Dios eterno.
Este estudio no nace del deseo de definir a Dios, sino del reconocimiento honesto de un límite: Dios no cabe en definiciones. Por eso, la pregunta inicial se transforma inevitablemente en otra más fiel, más bíblica y más saludable:
¿Qué es Dios? … o más bien, ¿Quién es Dios?
Este cambio no es semántico; es espiritual.
1. El impulso humano de definir el “Qué”
El ser humano busca seguridad en las definiciones. Definir es delimitar. Nombrar es controlar. Clasificar es reducir lo desconocido a algo manejable.
En casi todos los ámbitos de la vida esto funciona. Pero cuando aplicamos este impulso a Dios, ocurre algo sutil y peligroso: comenzamos a humanizarlo.
La historia muestra que muchos de los grandes conflictos doctrinales no nacieron del deseo de negar a Dios, sino del intento de explicarlo exhaustivamente.
Cuando decimos:
- Dios es omnipotente
- Dios es omnisciente
- Dios es eterno
- Dios es Espíritu
…estamos diciendo cosas verdaderas, pero no estamos diciendo lo que Dios es, sino cómo se nos ha revelado que actúa o que no es.
El “Qué” se convierte así en una suma de atributos. Pero un conjunto de atributos no constituye una esencia.
2. El límite del lenguaje y de la razón
El problema no es Dios. El problema es el instrumento.
- El lenguaje humano nació para describir lo creado.
- La razón humana opera dentro del tiempo, el espacio y la causalidad.
- Los sentidos humanos perciben solo lo material o lo que interactúa con lo material.
Dios, en cambio:
- No es creado
- No está contenido en el tiempo
- No depende del espacio
- No está sujeto a causalidad
Pretender definir a Dios con estas herramientas es como intentar medir el océano con una taza.
Por eso, cuando alguien pregunta: “¿Qué es Dios?”, la respuesta más honesta puede ser:
No lo sé.
Y esa respuesta no es ignorancia; es reverencia.
3. “Dios es Espíritu”: ¿definición o frontera?
Jesús dijo: “Dios es Espíritu” (Juan 4:24).
Este texto suele usarse como una definición ontológica, pero en realidad funciona como una frontera, no como una descripción exhaustiva.
Decir que Dios es Espíritu no nos dice qué es, sino:
- lo que no es (no material, no corpóreo, no limitado)
- cómo debe ser relacionado (en espíritu y en verdad)
Aquí surge una pregunta clave:
Si Dios es Espíritu y los ángeles son espíritu, ¿cuál es la diferencia?
La diferencia no está en la categoría, sino en el origen del ser.
- Los ángeles son espíritu porque fueron creados.
- Dios es Espíritu porque es.
Uno participa del ser; el otro es la fuente del ser.
4. El error de confundir el “Qué” con el “Quién”
Muchos sistemas teológicos han intentado explicar a Dios partiendo del “Qué”, y solo después hablan del “Quién”. Pero en la revelación bíblica ocurre lo contrario.
Dios no se presenta diciendo:
“Esto es lo que soy en esencia.”
Se presenta diciendo:
“Yo soy el que soy.”
No ofrece definición, ofrece presencia.
A Moisés no le dio una explicación metafísica; le dio un Nombre.
Y ese Nombre no describe una sustancia, sino una relación viva.
5. El “Quién” como camino de revelación
El “Quién” no se aprende principalmente; se conoce.
- El “Qué” se estudia.
- El “Quién” se encuentra.
Por eso, toda revelación plena de Dios en la Escritura es personal:
- Dios camina con Adán
- Dios llama a Abraham
- Dios lucha con Jacob
- Dios habla por los profetas
- Dios se revela en Jesucristo
Jesús no vino a explicar a Dios; vino a mostrarlo.
“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.”
Esto no resuelve el “Qué”; revela el “Quién”.
6. El antropomorfismo y el lenguaje acomodado
Cuando la Escritura habla de Dios, lo hace usando lenguaje humano, no porque Dios sea humano, sino porque el ser humano no puede recibir revelación sin acomodación.
Aquí entra un elemento clave que suele olvidarse: el antropomorfismo.
El antropomorfismo no es un error bíblico; es una gracia pedagógica. Consiste en atribuir a Dios formas, emociones o acciones humanas para que el hombre pueda comprender algo de lo que, en sí mismo, es incomprensible.
La Biblia habla de:
- la mano de Dios
- los ojos de Dios
- el brazo fuerte de Dios
- el arrepentimiento de Dios
- el enojo de Dios
Ninguna de estas expresiones define el “Qué” de Dios. Todas son lenguajes explicativos, no descripciones literales.
A este recurso se suman otros:
- metáforas
- símiles
- figuras poéticas
- narrativas simbólicas
Todo esto confirma una verdad central:
Dios se deja describir, pero no se deja definir.
El problema surge cuando el lector confunde el lenguaje acomodado con la esencia divina. Ahí es donde el antropomorfismo deja de ser puente y se convierte en reducción.
Cuando estos recursos literarios se absolutizan:
- Dios es humanizado
- el misterio es domesticado
- el “Qué” suplanta al “Quién”
Esto no invalida la Escritura; revela la limitación del receptor.
7. Cuando la teología humaniza a Dios
Cuando el “Qué” domina al “Quién”, ocurren varias cosas:
- Dios se vuelve un objeto de debate
- La doctrina reemplaza la relación
- El misterio se convierte en amenaza
- La diferencia se responde con condena
Esto explica por qué muchas discusiones terminan en acusaciones de herejía: cuando el sistema es frágil, el misterio asusta.
No se trata de atacar a nadie, ni de negar la historia teológica, sino de reconocer que ningún sistema puede contener a Dios.
7. Una respuesta sana y bíblica
Frente a la pregunta:
“¿Qué es Dios?”
Una respuesta espiritualmente madura puede ser:
“No puedo definir lo que Dios es, pero puedo mostrarte quién es.”
Esto no evade la verdad; la honra.
Porque Dios no se reveló para ser explicado, sino para ser conocido.
Conclusión
Buscar definir el “Qué” de Dios es un camino sin final.
Buscar conocer el “Quién” de Dios es un camino eterno.
La fe no comienza cuando entendemos a Dios, sino cuando dejamos de intentar reducirlo y empezamos a caminar con Él.
Dios no es un concepto para dominar.
Es una presencia para habitar.
Y solo desde ahí, toda palabra, toda doctrina y todo estudio encuentra su lugar correcto.
Nota aclaratoria al lector
Este estudio no pretende negar la teología, la doctrina ni el valor del pensamiento bíblico serio. Tampoco busca establecer un nuevo sistema doctrinal ni provocar controversias innecesarias.
Su intención es más humilde y, a la vez, más profunda: reconocer el límite del lenguaje humano frente a la realidad infinita de Dios.
A lo largo de la historia, la Escritura ha utilizado recursos como el antropomorfismo, la metáfora, el símil y el lenguaje acomodado para comunicar lo divino a una mente finita. Estos recursos son puentes de revelación, no definiciones ontológicas exhaustivas.
Este estudio afirma que:
- los atributos de Dios revelan, pero no agotan;
- el lenguaje explica, pero no contiene;
- la teología sirve, pero no sustituye la relación.
Cuando aquí se prioriza el “Quién” sobre el “Qué”, no se hace por desprecio al conocimiento, sino por fidelidad al modo en que Dios mismo ha decidido darse a conocer: personalmente.
Si este texto deja preguntas abiertas, no es una falla, sino una señal de reverencia.
Dios no se reveló para ser reducido a conceptos, sino para ser conocido, obedecido y caminado.
Dios no es un objeto que se define.
Es una presencia que se habita.

Deja un comentario